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jueves, 4 de agosto de 2016

LA CURVA RECTA


Con ojos bajos y paso penitente arrastró tras de sí el bolso, las llaves del coche y la tarjeta de fichar. La miró. En aquel rectángulo plástico blanquecino vio su miserable cuadrilátero de juego rayado una y mil veces por los mismos surcos. Y en la curva que llaman de Zara se dejó ir recto, recto, sin dejar huellas de frenada.
Vecinos y conocidos se asombraron, se dolieron algunos y, antes de pasar a otro suceso en la prensa, llegaron al consenso mental de un fatal desmayo inoportuno. "Con casa propia, coche, pareja estable y trabajo de vez en cuando... no tenía razones, no..." Cualquier desgraciado azar era más digerible para el resto de las hormigas humanas que afrontar el tétrico hastío de un presente continuo en un puesto devorador de energías donde convencer a diez o a veinte desconocidos por hora de que hagan algo inútil o perjudicial hasta para uno mismo. O eso, o nada, pues en el paro el ser deja de ser y no vive más que en las estadísticas. 
La niña buena y estudiosa con prometedor futuro acabó acelerando a fondo hacia el polvo del granito antes de convertirse en él naturalmente, como se debe. Sus congéneres prefirieron suspirar por no cagarse de miedo en bragas y calzones. 


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